Todo acabó aquí

Todo acabó aquí
9 de abril de 2010, me despido del Mediterráneo para iniciar un nuevo viaje. Conozco el principio, Shanghai, no se el final...

sábado, 29 de enero de 2011

La llegada

Sin inconvenientes salió el avión de Frankfurt rumbo a Shangai, notaba el efecto de las de cervezas alemanas que había tomado antes de partir, me vendría bien para poder dormir durante el viaje. Des de las ventanas se vislumbraban las cimas nevadas y en el horizonte, el astro rey, se iba despidiendo para dar paso al manto estrellado que nos cubriría durante el viaje. No tenía a nadie en los asientos de al lado, esto me dejaría descansar mejor, poco a poco Morfeo abrazó mi cuerpo, mañana estaría en China.
            La voz del comandante anunciando la llegada a Shangai me despertó, rellené los papeles para el control de inmigración y me preparé para el aterrizaje.
            Nunca hasta entonces había experimentado el que era ser un inmigrante, allí delante del control con el policía mirándome directamente a los ojos y con el pasaporte en la mano empecé a sentir que no era una sensación muy agradable, en fin nos tendríamos que acostumbrar. Recogí las maletas y salí del aeropuerto, un escalofrío recorrió mi cuerpo, en aquel momento me empecé a dar cuenta de donde estaba.
            Dos personas me estaban esperando, eran dos de los propietarios de la empresa, ya los conocía de las entrevistas hechas en Barcelona. Después de las preguntas de cortesía nos dirigimos hacia la parada de taxis. Pudong no era muy diferente de los aeropuertos que había visto hasta entonces. Estaba ansioso por conocer la ciudad. Nos subimos al taxi y en ese momento fue cuando escuché lo que me resultaron las palabras más extrañas que nunca había oído:
                         - Shifu, Fenyang lu, Tayuan lu.
            Por asociación de ideas deduje que, shifu, debería ser el nombre que recibían los taxistas y que lo otro era la dirección donde íbamos. Y en efecto el taxi arrancó y se puso dirección Shangai, ya quedaba poco, al fin se mostraría ante mí la ciudad prometida.
            En el taxi medio adormilado por el jet lag, veía pasar praderas con alguna que otra casa aislada y alguna fábrica, de pronto ante mí se empezó a dibujar una silueta, colosal, imperial y futurista, así se mostraba Shangai ante mis ojos. En el horizonte los rascacielos de la metrópoli saludan al viajero,  una ciudad con más de veinte millones de habitantes me esperaba.
            Antes de entrar en la urbe pasamos por la extensión donde se encontraba la exposición universal, kilómetros cuadrados de pabellones de todos los países coloreaban el complejo. Aún no estaba inaugurada faltaban pocos días para el gran momento.
            Nunca antes había visto una ciudad de esa magnitud, las autopistas colgaban de columnas por el medio de la ciudad, en un mismo tramo se sobreponían una encima de la otra, tres o cuatro carreteras, los coches circulaban dentro de un caos controlado. Daba la sensación de que si alguien se le ocurriera parar un segundo provocaría un accidente en cadena de unas consecuencias catastróficas. Dos veces me cogí del agarradero de la puerta con fuerza pensando que nos íbamos a estrellar, pero nunca llegaba la colisión y en vista de la tranquilidad de los ocupantes del vehículo pensé que debería ser normal aquí en Shangai estar al  borde del accidente cada cinco minutos.
            Dejamos la autopista y nos adentramos en la ciudad. Fue en aquel momento cuando olí por primera vez Shangai, ese olor opiáceo me perseguiría las siguientes semanas atormentándome los sentidos olfativos hasta llegar el día en que, sin previo aviso, desaparecería por completo. Me di cuenta de que estaba lejos de casa, en una galaxia muy lejana, me di cuenta que había llegado…

1 comentario:

  1. M'agrada molt el blog, és una bona manera d'anar descobrint les sensacions que vas tenint, com si t'acompanyessim en el viatge. Em té expectant!!

    Una abraçada!!

    Cuidat, Xavi

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