Todo acabó aquí

Todo acabó aquí
9 de abril de 2010, me despido del Mediterráneo para iniciar un nuevo viaje. Conozco el principio, Shanghai, no se el final...

lunes, 10 de enero de 2011

El final del principio


            Todo acabó una tarde de invierno, los colores parecían haber desparecido, abundaba el gris, el viento cortaba la piel de los atrevidos transeúntes que osaban  pisar la calle. Des de la mesa de un pequeño y cálido restaurante observaba, con el vientre lleno y el corazón triste, el callejón, donde cada tarde salía a pasear después de la jornada. No habría más jornadas, ese mismo mes había cerrado mi restaurante.
            Cuando uno se dedica a la restauración, normalmente, uno de sus sueños es abrir su propio restaurante. Conoce el oficio, domina la técnica y tiene unas ideas geniales. Con lo que no cuenta es que un restaurante es una empresa y de poco sirve dominar la técnica, es más útil manejar economía, gestión, marketing y cuantos menos principios tengas mucho mejor;  la ventaja de tenerlos es que en algunos momentos experimentas la magia de la restauración, ese momento donde la atmósfera y los clientes te transportan en un estadio de euforia interior, el tiempo se detiene, las puertas del restaurante sellan el espacio interior del mundo exterior, todo puede ocurrir. Los aromas, las palabras y la luz se unen en un crisol destilando “L’elisir d’amore” capaz de seducir al mismísimo Dulcmara.
            Sin ánimo de lucro me levanté de la silla, y salí del refugio. El frío me azotaba el pensamiento y este, a su vez, el alma. Empecé a caminar hacia casa. Todo parecía transcurrir con monótona costumbre cunado de la nada, una voz arrugada y vital, me despertó de mis pensamientos. Era una pareja de ingleses, el debería tener unos 70 años, tenía el cabello plateado y en su rostro, cálido y rojizo, albergaban unos ojos azul eléctrico, que me resultaban familiares. De ella no me acuerdo. Estaban totalmente a la deriva, querían llegar hasta la iglesia del pueblo y no tenían ni idea de hacia que cardinal dirigirse. Con mi inglés de aquel entonces, digno del mismísimo Paco Martínez Soria, poca cosa hubiéramos podido hacer, pero no estaba solo. Junto a mí, Silvia amante, mujer, eterna compañera y conocedora de la lengua de Britania. Con sus cálidas palabras, hizo levantar el buen viento que hincharía las velas de aquella pareja para dirigirles a buen puerto.
            El anciano nos agradeció la ayuda y nos dio su tarjeta de visita,  mi sorpresa fue cuando miré la tarjeta, sin saber como, una palabra salía de ese papel lleno de formas y sombras. FLY, sin darme cuenta lo dije en alto, el anciano, sorprendido, dirigió su mirada eléctrica hacia mi, y dijo: (Traducido) Normalmente nadie lo ve tan rápido, un viaje te espera, lo se, soy mago. Esa fueron sus últimas palabras antes de despedirnos, una hora más tarde el teléfono sonó, al otro lado, un empresario de Shangai, el motivo, una oferta de trabajo.
            El viaje empezó una tarde de invierno.

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