Todo acabó aquí

Todo acabó aquí
9 de abril de 2010, me despido del Mediterráneo para iniciar un nuevo viaje. Conozco el principio, Shanghai, no se el final...

viernes, 11 de marzo de 2011

Los aposentos

Después de sobrevivir al tráfico llegamos al hotel, estaba situado en una gran avenida, cerca del centro, donde estaba el restaurante. El hotel constaba de diez edificios repartidos en dos manzanas, yo viviría durante los próximos dos meses en el bloque número nueve, donde estaban los apartamentos. Era un espacio de cuarenta metros cuadrados con un comedor pequeño y bien iluminado, barra americana con cocina y una habitación tipo suite. Sin saber porque conecté el televisor, al menos tenían canales internacionales y lo mejor de todo es que había un canal que anunciaban en la programación todos los partidos del FC Barcelona, eso me haría sentir un poco mas cerca de casa, en espíritu.
            En una hora había quedado para ir  ver como evolucionaban las obras del restaurante, se acercaba el gran momento, tenía muchas ganas de ver lo que sería mi próximo escenario. Un cansancio se apoderó de mi cuerpo, una buena ducha fría me  despertaría los músculos.
            Salimos del hotel y pusimos rumbo hacia la concesión francesa, situada en el centro-sur de Shangai, esta zona pasa a llamarse así tras la segunda guerra del opio, cuando los franceses ocuparon esta área como parte de los derechos que adquirieron tras ganar la guerra, junto los británicos contra los chinos. En esa época la concesión francesa era gobernada por los franceses como si fuera parte de Francia, con sus propias leyes. Aquí fue donde se originó la primera revuelta de Shangai, que sucedió con motivo de la decisión del gobierno municipal francés de construir una carretera a través de un cementerio chino. Esta fue la semilla que mas tarde daría lugar al Partido Comunista.
            El taxi paró delante de una gran puerta de hierro, el muro que custodiaba la casa media unos dos metros de altura, grandes árboles con las copas espesas de naturaleza se alzaban como guardianes custodios. Esa parte de la ciudad se asemeja mucho al estilo europeo, casas bajitas con jardín, tejados de pizarra y teja, calles arboladas y en cada calle puedes encontrarte con alguna galería de arte, algún bohemio café o un pequeño bistro francés. Era una buena ubicación para lo que tendría que ser el mejor restaurante de gastronomía española de la ciudad.
            Abrimos la puerta de hierro y entramos en la villa. Allí estaba, como si estuviese esperando, cálidamente, al errante viajero, para resguardarlo del frío, de llenarle el vientre y el espíritu ya me encargaría yo.
           
“Not all those who wander are lost.”
 J.R.R. Tolkien

sábado, 29 de enero de 2011

La llegada

Sin inconvenientes salió el avión de Frankfurt rumbo a Shangai, notaba el efecto de las de cervezas alemanas que había tomado antes de partir, me vendría bien para poder dormir durante el viaje. Des de las ventanas se vislumbraban las cimas nevadas y en el horizonte, el astro rey, se iba despidiendo para dar paso al manto estrellado que nos cubriría durante el viaje. No tenía a nadie en los asientos de al lado, esto me dejaría descansar mejor, poco a poco Morfeo abrazó mi cuerpo, mañana estaría en China.
            La voz del comandante anunciando la llegada a Shangai me despertó, rellené los papeles para el control de inmigración y me preparé para el aterrizaje.
            Nunca hasta entonces había experimentado el que era ser un inmigrante, allí delante del control con el policía mirándome directamente a los ojos y con el pasaporte en la mano empecé a sentir que no era una sensación muy agradable, en fin nos tendríamos que acostumbrar. Recogí las maletas y salí del aeropuerto, un escalofrío recorrió mi cuerpo, en aquel momento me empecé a dar cuenta de donde estaba.
            Dos personas me estaban esperando, eran dos de los propietarios de la empresa, ya los conocía de las entrevistas hechas en Barcelona. Después de las preguntas de cortesía nos dirigimos hacia la parada de taxis. Pudong no era muy diferente de los aeropuertos que había visto hasta entonces. Estaba ansioso por conocer la ciudad. Nos subimos al taxi y en ese momento fue cuando escuché lo que me resultaron las palabras más extrañas que nunca había oído:
                         - Shifu, Fenyang lu, Tayuan lu.
            Por asociación de ideas deduje que, shifu, debería ser el nombre que recibían los taxistas y que lo otro era la dirección donde íbamos. Y en efecto el taxi arrancó y se puso dirección Shangai, ya quedaba poco, al fin se mostraría ante mí la ciudad prometida.
            En el taxi medio adormilado por el jet lag, veía pasar praderas con alguna que otra casa aislada y alguna fábrica, de pronto ante mí se empezó a dibujar una silueta, colosal, imperial y futurista, así se mostraba Shangai ante mis ojos. En el horizonte los rascacielos de la metrópoli saludan al viajero,  una ciudad con más de veinte millones de habitantes me esperaba.
            Antes de entrar en la urbe pasamos por la extensión donde se encontraba la exposición universal, kilómetros cuadrados de pabellones de todos los países coloreaban el complejo. Aún no estaba inaugurada faltaban pocos días para el gran momento.
            Nunca antes había visto una ciudad de esa magnitud, las autopistas colgaban de columnas por el medio de la ciudad, en un mismo tramo se sobreponían una encima de la otra, tres o cuatro carreteras, los coches circulaban dentro de un caos controlado. Daba la sensación de que si alguien se le ocurriera parar un segundo provocaría un accidente en cadena de unas consecuencias catastróficas. Dos veces me cogí del agarradero de la puerta con fuerza pensando que nos íbamos a estrellar, pero nunca llegaba la colisión y en vista de la tranquilidad de los ocupantes del vehículo pensé que debería ser normal aquí en Shangai estar al  borde del accidente cada cinco minutos.
            Dejamos la autopista y nos adentramos en la ciudad. Fue en aquel momento cuando olí por primera vez Shangai, ese olor opiáceo me perseguiría las siguientes semanas atormentándome los sentidos olfativos hasta llegar el día en que, sin previo aviso, desaparecería por completo. Me di cuenta de que estaba lejos de casa, en una galaxia muy lejana, me di cuenta que había llegado…

viernes, 14 de enero de 2011

La partida

Después de escuchar la oferta, hacer entrevistas y negociar un par de cosas, decidí hacer las maletas y poner rumbo al país del sol naciente. Tenía tres semanas de tiempo antes de la partida y dos misiones. La primera, aprender a hablar inglés, la segunda recuperar la ilusión para encarar un proyecto de tal magnitud. La primera no fue difícil, bastó un intensivo de cinco horas al día durante estas tres semanas, para poder pronunciar algo que debería ser inglés, o al menos me permitió entenderme en esta lengua los primeros días de mi llegada. La ilusión me costaría un poco más, estaba derrotado, humillado y sin saber si realmente podría volver a tener el don para crear nuevos platos con esencia, platos que hicieran despertar en los comensales la perfecta sensación. La esencia es lo mas difícil de conseguir en un plato, y sin ella el plato carece de sentido. Como en una ópera, los instrumentos emiten notas que se mezclan con los sonidos de la cuerdas vocales, resuenan en una gran caja de resonancia que es el auditorio, para al final entrar en el oído, recorrer el cerebro y llegar a la habitación donde se junta lo visual, lo auditivo, los aromas y el recuerdo, y es allí donde si la esencia, a caballo de estos sentidos llega, se produce la perfecta sensación. Te transporta a tus mejores pasados, en ti nace una sensación de abrigo, de alegría, de bienestar, el cuerpo se restaura, se produce la perfecta sensación, y es aquí donde se cumple la gran tarea del restaurador, restaurar a las personas.
            Con tristeza de dejar a mis personas más queridas, sin ilusión, y con un poco de inglés, partí rumbo a China. Allí me esperaba una nueva vida, un nuevo proyecto, una cultura totalmente desconocida para mí y quien sabe si un sinfín de aventuras. La ilusión empezaba a revivir, sentía en mí que volvía la fuerza.
             Tal vez había abierto la puerta de los sueños, aquellos que una vez me hicieron viajar por todo el mundo.
            Ahora estoy en el aeropuerto a punto de coger el avión que me llevara primero a Frankfurt y luego directo a Shangai. Aquí decido empezar a escribir mi diario de abordo, para quien quiera saber de mí y para que en un futuro pueda recordar cuando empezó el viaje. La aventura acaba de empezar, una sonrisa se dibuja en mi rostro, no todo estaba perdido, con mi partida empieza una nueva vida.
           
            Barcelona, I don’t know when I will see you again… Shangai is waiting…

lunes, 10 de enero de 2011

El final del principio


            Todo acabó una tarde de invierno, los colores parecían haber desparecido, abundaba el gris, el viento cortaba la piel de los atrevidos transeúntes que osaban  pisar la calle. Des de la mesa de un pequeño y cálido restaurante observaba, con el vientre lleno y el corazón triste, el callejón, donde cada tarde salía a pasear después de la jornada. No habría más jornadas, ese mismo mes había cerrado mi restaurante.
            Cuando uno se dedica a la restauración, normalmente, uno de sus sueños es abrir su propio restaurante. Conoce el oficio, domina la técnica y tiene unas ideas geniales. Con lo que no cuenta es que un restaurante es una empresa y de poco sirve dominar la técnica, es más útil manejar economía, gestión, marketing y cuantos menos principios tengas mucho mejor;  la ventaja de tenerlos es que en algunos momentos experimentas la magia de la restauración, ese momento donde la atmósfera y los clientes te transportan en un estadio de euforia interior, el tiempo se detiene, las puertas del restaurante sellan el espacio interior del mundo exterior, todo puede ocurrir. Los aromas, las palabras y la luz se unen en un crisol destilando “L’elisir d’amore” capaz de seducir al mismísimo Dulcmara.
            Sin ánimo de lucro me levanté de la silla, y salí del refugio. El frío me azotaba el pensamiento y este, a su vez, el alma. Empecé a caminar hacia casa. Todo parecía transcurrir con monótona costumbre cunado de la nada, una voz arrugada y vital, me despertó de mis pensamientos. Era una pareja de ingleses, el debería tener unos 70 años, tenía el cabello plateado y en su rostro, cálido y rojizo, albergaban unos ojos azul eléctrico, que me resultaban familiares. De ella no me acuerdo. Estaban totalmente a la deriva, querían llegar hasta la iglesia del pueblo y no tenían ni idea de hacia que cardinal dirigirse. Con mi inglés de aquel entonces, digno del mismísimo Paco Martínez Soria, poca cosa hubiéramos podido hacer, pero no estaba solo. Junto a mí, Silvia amante, mujer, eterna compañera y conocedora de la lengua de Britania. Con sus cálidas palabras, hizo levantar el buen viento que hincharía las velas de aquella pareja para dirigirles a buen puerto.
            El anciano nos agradeció la ayuda y nos dio su tarjeta de visita,  mi sorpresa fue cuando miré la tarjeta, sin saber como, una palabra salía de ese papel lleno de formas y sombras. FLY, sin darme cuenta lo dije en alto, el anciano, sorprendido, dirigió su mirada eléctrica hacia mi, y dijo: (Traducido) Normalmente nadie lo ve tan rápido, un viaje te espera, lo se, soy mago. Esa fueron sus últimas palabras antes de despedirnos, una hora más tarde el teléfono sonó, al otro lado, un empresario de Shangai, el motivo, una oferta de trabajo.
            El viaje empezó una tarde de invierno.