En una hora había quedado para ir ver como evolucionaban las obras del restaurante, se acercaba el gran momento, tenía muchas ganas de ver lo que sería mi próximo escenario. Un cansancio se apoderó de mi cuerpo, una buena ducha fría me despertaría los músculos.
Salimos del hotel y pusimos rumbo hacia la concesión francesa, situada en el centro-sur de Shangai, esta zona pasa a llamarse así tras la segunda guerra del opio, cuando los franceses ocuparon esta área como parte de los derechos que adquirieron tras ganar la guerra, junto los británicos contra los chinos. En esa época la concesión francesa era gobernada por los franceses como si fuera parte de Francia, con sus propias leyes. Aquí fue donde se originó la primera revuelta de Shangai, que sucedió con motivo de la decisión del gobierno municipal francés de construir una carretera a través de un cementerio chino. Esta fue la semilla que mas tarde daría lugar al Partido Comunista.
El taxi paró delante de una gran puerta de hierro, el muro que custodiaba la casa media unos dos metros de altura, grandes árboles con las copas espesas de naturaleza se alzaban como guardianes custodios. Esa parte de la ciudad se asemeja mucho al estilo europeo, casas bajitas con jardín, tejados de pizarra y teja, calles arboladas y en cada calle puedes encontrarte con alguna galería de arte, algún bohemio café o un pequeño bistro francés. Era una buena ubicación para lo que tendría que ser el mejor restaurante de gastronomía española de la ciudad.
Abrimos la puerta de hierro y entramos en la villa. Allí estaba, como si estuviese esperando, cálidamente, al errante viajero, para resguardarlo del frío, de llenarle el vientre y el espíritu ya me encargaría yo.
“Not all those who wander are lost.”
J.R.R. Tolkien